Esta semana estuve haciendo alguna compra en el centro comercial, me llamó mucho la atención cómo cada vez somos más facilones para dejarnos atrapar por el escaparate de una tienda. Uno pasa y ve allí cosas bien colocadas, que resaltan y que llaman la atención, uno puede experimentar como se queda pegado al cristal mirando y empiezas a vivir como los que tienes alrededor son indiferentes, que todo gira alrededor pero que nada va contigo, hasta tal punto de presenciar, por ejemplo, una persona que intenta encontrar algo que se le había perdido y prácticamente hacer «oídos sordos».

El Evangelio de hoy nos habla justamente de eso, de dos mundos que estaban uno al lado del otro y, sin embargo, separados como por un cristal. El rico banqueteaba cada día, vestido de lujo; y a la puerta, Lázaro, un pobre enfermo, esperaba aunque fuera las migajas. Eran vecinos, estaban cerca… pero al mismo tiempo muy lejos, porque el rico había levantado un muro de indiferencia. Jesús en la parábola da nombre al pobre: Lázaro, que significa “Dios ayuda”. El rico, en cambio, no tiene nombre: quedó reducido a sus bienes, a sus fiestas, a su egoísmo. ¡Qué lección tan clara! Lo que da dignidad no son las cosas que tienes, sino el amor que recibes y que das. Dios sabe el nombre de los pequeños y olvidados; en cambio, quien vive solo para sí mismo, se borra a sí mismo.

Hoy en la primera lectura el profeta Amós nos advierte contra los que no se preocupan del sufrimiento de los demás. Es fácil pensar que eso no va con nosotros, pudiendo quedarnos en el escaparate, pero, si miramos bien, todos podemos caer en esa tentación: vivir tranquilos, sin mirar más allá de nuestra “burbuja”. Hoy la Palabra nos despierta: no podemos vivir anestesiados, como si nada pasara.

No esperemos a mañana para abrir los ojos, el pobre Lázaro está en la puerta de nuestra vida, a veces en forma de un vecino solo, de una familia necesitada, de un compañero que pasa un mal momento. Jesús no se quedó mirando desde el escaparate del cielo; Él entró en nuestra historia, se hizo pobre, compartió nuestra vida y nuestra cruz. En la Cruz ha roto el muro que separaba a los hombres, y en la Eucaristía sigue dándose como pan partido para todos. El Evangelio de hoy nos invita a preguntarnos: ¿desde dónde estoy mirando la vida? ¿Desde fuera, detrás de un cristal que me aísla, o desde dentro, compartiendo la vida con los demás?

Pepe Navarrete
Delegado Pastoral Vocacional

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PRIMERA LECTURA: «Hora se acabará la orgía de los disolutos” (Amós 6, 1a.4-7)
SALMO: «Alaba, alma mía, al Señor” (Salmo 145)
SEGUNDA LECTURA: «Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor” (1 Timoteo 6, 11-16)
EVANGELIO: «Recibiste bienes, y Lázaro males; ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado” (Lucas 16, 19-31) 

Vocaciones Jaén
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