Seguro que un día estando en casa has caído en la cuenta que había una grieta en la pared. Una línea pequeñita, nada preocupante, pero pasan los días y la grieta crece, luego aparece humedad, la pintura se levanta, algo cruje cuando cierras una puerta… y te dices: “Esto ya no es normal… algo se está moviendo por dentro.” No es agradable que algo se tambalee, pero también es verdad que solo cuando aparece la grieta uno se da cuenta de que es hora de revisar los cimientos. A veces, lo que parece una amenaza es un reclamo.

Hoy el Evangelio nos habla precisamente de esto, cuando todo parece tambalearse ¿qué pasa? Los discípulos estaban impresionados con el Templo, era grande, hermoso, sólido… pero Jesús les dice algo desconcertante: «No quedará piedra sobre piedra.» Es como si dijera que no pongamos la confianza en lo que brilla o pasa, sino en lo que permanece, Jesús no quiere asustarnos, pero sí desea despertarnos recordando que lo que parece inamovible en este mundo —dinero, seguridad, éxito, estructuras, rutinas— puede venirse abajo… pero Dios no.

En la primera lectura el profeta Malaquías anuncia dos realidades: para los soberbios, el fuego destruye y para los fieles, ese fuego calienta y sana, porque dice: «Para vosotros brillará un sol de justicia que trae la salvación.» Es el mismo fuego pero en un caso puede quemar y en otro puede iluminar, según desde dónde se mire.

San Pablo en la segunda lectura es muy práctico hoy diciéndonos algo muy directo: «El que no quiera trabajar, que no coma.» Está hablando de otra cosa, pero el mensaje es que en la vida cristiana no valen las excusas, sino la perseverancia. No se trata de ir por la vida haciendo por hacer, sino de ser responsables, constantes, no tirando la toalla a la primera. Surge esa pregunta entonces: cuando todo se tambalea: ¿huyes o confías? ¿Vivimos la fe solo cuando todo va bien o también incluso cuando hay grietas, cansancio o incertidumbre?

Estamos casi llegando al final del año litúrgico. Cristo nos habla hoy con tono de última clase antes del examen final. Cuando aparece una grieta la tentación primera es pensar “ya se arreglará sola”, hacernos los distraídos, también podríamos taparla para que no se vea, pero lo mejor es que puede ser el momento para revisar y reparar lo que está mal. Hay grietas que Dios permite para recordarnos que el corazón necesita conversión, y es que cuando la vida se mueve, es Dios moviendo algo dentro y solo quedará aquello que estaba cimentado en su Amor.

Pepe Navarrete
Delegado Pastoral Vocacional

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PRIMERA LECTURA:
«A vosotros os iluminará un sol de justicia” (Malaquías 3, 19-20a)

SALMO:
«El Señor llega para regir los pueblos con rectitud” (Salmo 97)

SEGUNDA LECTURA:
«Si alguno no quiere trabajar, que no coma” (2 Tesalonicenses 3, 7-12)

EVANGELIO:
«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lucas 21, 5-19)

Vocaciones Jaén
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