¿Para quién soy? la gran pregunta

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Conseguir y fomentar una cultura vocacional es un desafío constante en el ámbito de la Pastoral Vocacional. Cada momento y cultura representan un desafío en sí mismo, y es desde ahí donde surge la constante relectura que hay que hacer de la realidad donde vivimos, así la función principal de la Pastoral Vocacional será la de establecer un espacio de reflexión con distintos escenarios para reflexionar sobre la propia vocación en medio de esos obstáculos. Es importante establecer un estilo pastoral de conformidad con la cultura vocacional que se desea impulsar.

Algunos expertos, como el p. Amadeo Cencini, sacerdote canosiano, proponen una cultura vocacional que respalda el proceso inicial y permanente de una persona que experimenta el sentido de la vocación. Inspirados en alguna de sus reflexiones y escritos, nuestra Delegación Diocesana de Pastoral Vocacional presenta y propone algunas pautas para llegar a alcanzar la cultura vocacional a través de una propuesta que tiene 3 momentos/etapas:

CONOCERARRIESGARSINTONIZAR

Se trata de describir estos momentos o etapas como ciclos en los que una persona que pueda estar iniciándose en el planteamiento vocacional encuentre también un camino o método a seguir con el fin de ofrecer medios y herramientas que maduren la respuesta personal hacia esas cuestiones fundamentales que van surgiendo: ¿para quién soy yo, Señor? ¿cuál es tu voluntad? ¿cómo lo descubro? ¿qué tengo que hacer? ¿cómo empezar?.

CONOCER

Lo primero de todo, el punto de partida es familiarizarse en la forma de pensar que tienen los jóvenes de la actualidad, y también saber con qué mentalidad viven las cosas. Para esto es fundamental el proceso auténtico de la educación, que tiene como objetivo el dejar salir la personalidad del joven para posteriormente formarla, pero primero es necesario conocerla.

El primer paso para lograr una cultura vocacional es familiarizarse con la cultura del propio joven: cómo piensa, cuáles son sus ideales, en qué se fundamentan sus deseos, cuáles son los valores que proclama, etc. Todo esto está estrechamente relacionado con el entorno desde el que procede: hogar, parroquia, barrio, nacionalidad, etc.

ARRIESGAR

Una vez que se reconoce y conoce el humus juvenil, una vez que se anuncia el carácter vocacional y se tienen los principios claros, es hora de pasar a la experiencia. Se ha demostrado que el mundo actual brinda una gran variedad de vivencias a los jóvenes, de manera que mediante ellas los jóvenes deciden una carrera o se perfilan para un empleo. De igual manera, hemos de plantear a los jóvenes que vivan en primera persona lo que se les ha anunciado. Se trata del «venid y veréis» (Jn 1,39) que Jesús sugiere a los primeros discípulos, una apuesta que tiene por meta otro paso esencial: arriesgar, estar dispuesto a vivir lo que Jesús podría tener preparado para cada uno. Se trata de aventurarse, y comenzar un camino de vida al lado del Señor, independientemente del estado de vida al que se puede sentir identificado o llamado.

Para este momento es fundamental que los jóvenes puedan superar la mentalidad del mundo actual que fomenta lo rápido e inmediato, así como la adopción de decisiones pre-elaboradas. Se trata de un momento maravilloso para escuchar sus expectativas para una posible decisión, también para escuchar sus obstáculos o resistencias para forjar un proceso o camino vocacional que no es inmediato, sino que requiere disciplina, sacrificio, fidelidad, etc.

SINTONIZAR

Es probable que a medida que los jóvenes progresen en reconocer la finalidad de su etapa vocacional demanden un paso más: sentir y vibrar con Dios. Estar en un cierto grado de sintonía con su voluntad. Es un momento crucial.

La meditación, la oración, los ejercicios espirituales, los retiros y todos los medios habrá que tenerlos en cuenta para después tener el joven la oportunidad de adoptar decisiones de conformidad con su etapa, con una previa y madura preparación. Esta “sintonización” con Dios no se puede improvisar, al igual que la vida y la vocación. Se trata de un proceso constante que se lleva a cabo de manera continua y se dispone de continuar realizándolo todos los días. Por supuesto, no es un objetivo fácil de alcanzar ni tampoco es muy evidente en los jóvenes a primera vista, sino que a medida que se progresa y camina se va adquiriendo.

El acompañamiento y el discernimiento son esenciales aquí para iluminar y acompañar al joven debidamente desde los sentimientos de Cristo para brindar una respuesta a sus propios retos y cuestiones, pero sobre todo para ayudarles a reconocer el paso de Dios por sus vidas y no obviar la gran pregunta ¿para quién soy yo, Señor?